Por Petra Alexander
Sabemos que la vida se encarece, pero cuando estamos frente a los comestibles básicos, sobre todo frutas y verduras, duele, y si, es costoso llenar el refrigerador. Una sorpresa semejante, llenó de dolor a César Chávez, cuando era adolescente metido en los campos de Arizona para ayudar a su familia y vio que los campesinos no podían tener en sus mesas los productos que ellos afanosamente producían. Desde este dolor, tomó la decisión de iniciar una toma de conciencia por mejorar las condiciones de los trabajadores del campo. A simple vista, César Chávez puede percibirse como el iniciador de una lucha por mejorar salarios, pero fue mucho más. El dinamizó todo un movimiento para abrir causes hacia la educación, la vivienda, la salud, en una palabra, para la integración de los trabajadores menos favorecidos en la sociedad. Para desarrollar este propósito, Cesar Chávez se valió de diversas iniciativas pacíficas, propias de un organizador comunitario de su época: una huelga que duró 5 años, boicots, marchas de trabajadores de 250 millas, de mucha oración, discernimiento y sobre todo, lo que el llamó: “Ayuno para la Vida”.
César Chávez fue un católico seguro de que las causas de la justicia no se resuelven con estrategias políticas solamente, sino que la justicia necesita de la fuerza espiritual de los creyentes para volverse causa verdadera. La Justicia brota de la Fe como lo afirmó San Pablo, se impulsa con la esperanza y se expresa en la caridad. Por eso su opción por la No violencia. Su visión se fue ampliando más allá de lograr la organización sindical de los trabajadores del campo hacia un movimiento que logró incidir en las estructuras del gobierno hasta abrir programas de asistencia, organización y capacitación de los campesinos, así como el acceso a servicios laborales.
Podemos pensar que la semilla de César Chávez ya dio frutos y que la meta está lograda y sin embargo, los trabajadores del campo viven en una constante demanda de justicia. Si analizamos los salarios de los campesinos en comparación con los costos de vivienda y servicios de las áreas campesinas comenzaremos a entender. La agricultura enfrenta nuevas crisis por las inclemencias del calor global, la carestía del agua, la contaminación de pesticidas y fertilizantes. Ahora se le suma la modificación de cultivos debido al cambio climático y el desempleo por la implementación de tecnología que hace innecesarios a los trabajadores. Henry Ortiz un salvadoreño, con experiencia como manejador de una cuadrilla de 30 trabajadores, antes de la pandemia, seguía las cosechas por California. Los primeros meses del año trabajaba en el Valle de Coachella, en el verano se movía hacia San Fernando, luego el otoño en Fresno para volver a Coachella en el invierno. “Ya no podemos sostener ese modo de vida. Es muy costoso desplazarnos, es difícil pagar una renta en cada lugar y dejas mucha de la energía de tu vida recibiendo muy poco.” En la agricultura siempre hay nuevos trabajadores llegando, con la presión migratoria, se añade el estrés, la ansiedad de aquellos que todavía no gozan de estatus legal. Como sociedad, nos debe preocupar que la agricultura de nuestras comunidades sea saludable no sólo porque garantiza la calidad de los productos, sino porque asegura una salud social en derechos y retribuciones a quienes dejan allí sus fuerzas. Que aquellos que trabajan en el campo, gocen de derechos laborales, que se les abra un camino de solución a su situación migratoria, que vivan experimentando la satisfacción que sueñan todos los trabajadores: ofrecer a su familia un desarrollo integral. César Chávez fue enfático al afirmar: “La pobreza no puede ser aceptada como destino”. Todos debemos interesarnos en los trabajadores del campo, porque como dice el refrán: “De un maestro necesitas unos años en tu vida, de un médico o abogado, algunas veces en tu vida, pero de un campesino, necesitas todos los días si quieres comer.”
Petra Alexander es la Directora de la Oficina de Asuntos Hispanos de la Diócesis de San Bernardino.