Los próximo doce meses serán un año como ningún otro en la reciente memoria de nuestra Diócesis. Será un tiempo de conclusiones, de nuevos comienzos y, para mí, un tiempo de transición.
 El próximo junio, cuando yo cumpla 75 años, entregaré al Santo Padre mi carta de resignación como el Obispo de San Bernardino. Esto es un requisito de la ley de la Iglesia.
 Pronto recibiremos al Obispo Coadjutor, quien pasará el año conociendo nuestra Diócesis y trabajando conmigo antes de que él se convierta en el Obispo Ordinario cuando yo me retire. Él será el tercer Obispo de nuestra Diócesis, siguiendo a nuestro Obispo fundador, Phillip Straling, y yo. En ese momento, yo dejaré atrás mi ministerio Episcopal de los últimos 28 años, 24 como su Obispo.
 Las palabras no pueden expresar la gratitud que siento hacia Dios por el tiempo que he pasado aquí con ustedes, trabajando a su lado, avanzando el Reino de Dios, compartiendo todos los gozos y las tristezas de vivir la fe Católica en nuestro tiempo. Hemos progresado mucho en nuestro caminar y este año podemos reflexionar sobre todo lo que ha pasado, montañas que hemos escalado, puentes que hemos cruzado, sueños que todavía nos faltan realizar.
 Dada la estructura de liderazgo de nuestra Iglesia, la transición de un Obispo a otro es un cambio de proporciones monumentales. No debemos negar esta realidad. Mi sucesor, a través de la gracia del Espíritu Santo, será libre para guiar a la Diócesis de San Bernardino en la manera en que el vea apropiada. Él tendrá su propia manera de hacer las cosas y sus propias prioridades. Llegaremos a conocerlo y lo apoyaremos por completo en su Episcopado, así como todos ustedes me han apoyado a mí.
 Cambios en nuestras vidas, personales, y como comunidad, no son fáciles. Por lo tanto, al empezar este último año es sabio permitirnos todas las emociones que acompañan los grandes cambios; miedo, tristeza, pérdida, enojo, satisfacción, agradecimiento y nueva esperanza. Cuando nos reunamos en la Diócesis, en nuestras parroquias, o en nuestras escuelas, no deberíamos de ignorar estos sentimientos. Deberíamos de tener la libertad para expresarlos, en diálogo unos con otros y, por supuesto, en oración. Esto también es parte de nuestro caminar.
 En lo que procesamos sentimientos de miedo e incertidumbre podemos mirar hacia los varios momentos en las escrituras donde el pueblo de Dios se enfrenta a un gran cambio. El éxodo de los israelitas es uno de ellos. Algunos tenían tanto miedo de la incertidumbre del futuro que prefirieron quedarse en la esclavitud. Los apóstoles, incluso después de encontrarse con El Señor Resucitado, tenían miedo del llamado de Jesús de avanzar su ministerio de evangelización en la tierra. La venida del Espíritu Santo en Pentecostés cambió todo esto. Dios nos llama. El ya nos está esperando en el lugar hacia donde avanzamos. El también nos acompaña en el camino hacia el lugar donde él ha plantado su tienda.
 Deberíamos de confiar en el plan amoroso que Dios tiene para nosotros, así como los israelitas y los apóstoles y muchos otros también lo han hecho. La fe en la providencia de Dios es elemental para nosotros. Es verdad, no sabemos lo que se presentará en nuestro camino. Es verdad, tenemos esperanzas que los ministerios a los cuales hemos dedicado tanto tiempo y energía a través de los años continuarán; la formación en la fe y educación para adultos, la justicia restaurativa, el ministerio multicultural, la pastoral matrimonial y familiar, protección de los niños y jóvenes, cuidado pastoral a los enfermos y moribundos, vocaciones al sacerdocio, al diaconado, a la vida consagrada y al ministerio laico eclesial- la lista es larga. Damos gracias por nuestro progreso en estas áreas y varias otras. Hemos sido marcados por los valores fundamentales que nos ayudan en este tiempo: hospitalidad, compartimiento de fe, reconciliación y colaboración. Sin saber lo que traerá el futuro, el buen trabajo que se ha hecho en estos ministerios y las bendiciones que nos han llegado por la gracia de Dios nunca se podrán deshacer.
 Al mismo tiempo, nuestra fe nos enseña a estar atentos al momento presente y a lo que está por venir ( “Siempre Adelante”). Somos un pueblo llamados constantemente a la renovación y al renacimiento. De esta manera, el cambio, aunque sea doloroso, nos lleva al crecimiento. Un paso más cerca al Reino.
 Por lo tanto, avanzamos hacia este año de cambio-Transición Episcopal. Pido sus oraciones en este tiempo en que me preparo para entrar a este nuevo capítulo en mi ministerio, y sus oraciones para el siguiente Obispo, quien Dios escogerá para guiar la Diócesis de San Bernardino de acuerdo con Su plan y Su propósito. Yo he formado un Comité de Transición Episcopal de líderes parroquiales y diocesanos que periódicamente proveerán información sobre este proceso a los fieles.
 Pidamos la intercesión de nuestros patrones diocesanos, San Bernardino de Siena y Nuestra Señora de Guadalupe. Acerquémonos cada vez más a nuestro Dios que nos acompaña al enfrentar lo desconocido. Confiemos en su amor y andemos por el camino donde el nos guía en nuestra Misión:
Nosotros, la Iglesia de
San Bernardino,
Somos una comunidad de creyentes en Jesús el Cristo,
Llamados a impactar la familia, el vecindario y la sociedad
con el Evangelio
Para que las vidas de las personas se llenen de esperanza.

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