Por Obispo Gerald Barnes

Estoy en el tiempo tal vez más atareado de mi año, es decir, el Tiempo de las Confirmaciones. Es realmente una experiencia alegre y vivificante para mí ofrecer este Sacramento a tantos miles de personas que con él completan su iniciación plena en nuestra fe católica. Pero con el tamaño de nuestra diócesis y con el número de personas a confirmarse, es una agenda que demanda cierta cantidad de energía. Quiero expresar mi gratitud al Obispo del Riego y a nuestros dos Vicarios Episcopales, el Padre Romy Selección, MS, y el Padre Rafael Partida, quienes me han ayudado a celebrar algunas Misas de Confirmación. Quiero agradecer también a quienes coordinan estas hermosas liturgias en las parroquias, y a los catequistas que preparan a los Confirmandos para este paso tan importante en su jornada de fe. Por último, pero ciertamente no menos importante, mi reconocimiento a las familias que plantaron y cultivaron las semillas de la fe en sus hijos desde el comienzo y los que apoyaron y acompañaron a los adultos que recibieron el Sacramento de la Confirmación esta temporada. Hubo un total de casi 8,000 niños y adultos que fueron confirmados este año! 

 

En estas Confirmaciones, no puedo evitar sentirme inspirado por la atmósfera de esperanza y nueva vida que se respira. Veo en estos rostros la continuación de nuestra iglesia particular. Espero que el Espíritu Santo obre en ellos como lo ha hecho en las muchas generaciones de católicos que les han precedido. 

Al mismo tiempo, me sigue preocupando lo que les espera a nuestros recién confirmados al tomar ellos sus siguientes pasos en la fe. Un recientemente publicado estudio por parte de Pew Forum on Religious and Public Life determinó que el número de personas en los Estados Unidos que dicen no tener afiliación religiosa, los llamados “nones”, se ha incrementado en un siete por ciento sólo en los últimos ocho años. Algunas de estas personas fueron criadas en nuestra fe católica pero en cierto momento, mayormente en los tempranos años de la edad adulta, se alejaron de ella. 

Parte de esto puede atribuirse a fuerzas culturales que parecen enfatizar al individuo sobre el bien común, y promueven la satisfacción instantánea más que la reflexión y el pensamiento crítico. Sin duda, debemos tomar en cuenta estos factores al practicar y enseñar nuestra fe, pero hay mucho más que podemos hacer para asegurarnos que nuestros recién confirmados continúen encontrando un hogar en la Iglesia al aventurarse ellos en la edad adulta. 

¿Qué tipo de acogida les damos en nuestras liturgias? ¿Les ayudamos a encontrar su lugar en el ministerio parroquial? ¿Dialogamos con ellos al discernir ellos su vocación? ¿ Los exhortamos a continuar su formación en la fe? 

El Santo Padre nos ha dado una indicación al declarar un Año de la Misericordia en nuestra Iglesia comenzando este diciembre. Al prepararnos para ser modelos de este valor del Evangelio, tal vez veamos también esto como una oportunidad de ayudar a nuestros recién confirmados a vivir su fe participando en Obras de Misericordia Espirituales y Corporales. Puedo decir con confianza que hay muchas oportunidades en los ministerios parroquiales y diocesanos para quien se sienta llamado a alimentar al hambriento, a visitar al encarcelado, o albergar al indigente, entre otras obras. 

Les pediré a nuestras parroquias que reflexionen y planeen la manera en que van a vivir este próximo Año de la Misericordia. En este proceso de planeación, me gustaría sugerir una inclusión intencional de los recién confirmados. Mostremos que somos una Iglesia de acción, y de compasión. Un hogar espiritual para toda la vida. 

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