Obispo Gerald BarnesObispo Gerald Barnes
Diócesis de San Bernardino

La mente del hombre traza su camino, pero el Señor dirige sus pasos (Proverbios 16:9) 

El ideal de que los individuos deben ser libres de escoger sus propias opiniones y acciones está profundamente arraigado en nosotros, particularmente en nuestra cultura americana. Fue primordial en el nacimiento de la nación y sólo parece cobrar importancia e influencia con el avance de nuestra sociedad. Nuestra fe nos enseña que aunque Dios ha trazado un camino para cada uno de nosotros, tenemos también la libertad de escoger ese camino, o no. 

La libertad y los derechos de los individuos históricamente se han fundamentado en valores que se perciben como fundamentales para el bien tanto d el individuo como de la comunidad de la cual forma parte. Debe mencionarse que muchos de esos son valores judeocristianos tales como la justicia, la caridad, la misericordia y el amor al prójimo. 

Pero, ¿qué sucede cuando hay un conflicto entre las cuestiones de la libertad individual y los valores que han infundido una sociedad próspera? Vemos más y más esa tensión en cuestiones sociales como la atención médica, el matrimonio y la familia, y, muy recientemente, en las decisiones de poner fin a la vida. 

Un proyecto de ley, que legalizaría el suicidio asistido por un médico, se está abriendo camino en el Senado de California. Mis hermanos obispos de California y yo somos francos oponentes de esta propuesta de ley porque sabemos que Dios es el artífice de la vida y quien decide el momento en que volveremos a Él. Los bien financiados partidarios de este proyecto de ley, SB 128, han redactado astutamente su argumento de que este tipo de suicidio es un derecho individual. En una sociedad que busca cada vez más maneras de evitar el dolor y el sufrimiento y aumentar el placer, este argumento sin duda tiene cierto encanto. 

Aunque este proyecto de ley y las serias consecuencias que traería si se aprueba como ley nos hagan sentir incómodos, nos ofrece una buena oportunidad para renovar nuestra fe católica y repasar lo que nos enseña sobre el fin de nuestra vida terrenal. 

La muerte no es algo de lo que hablamos mucho – hasta que tenemos que hacerlo. Dios nos da tantas bendiciones en nuestra vida – nuestra familia, nuestra comunidad de fe, nuestro trabajo, nuestro hogar – que simplemente no queremos que termine. Tememos el deterioro de nuestra salud y la pérdida de todas estas cosas, así que “no lo mencionamos”. Un impacto particularmente triste de esta mentalidad es que muchos de nuestros ancianos pasan sus últimos días solos, sin el amor y la compañía de su familia, que seguramente debería acompañarlos. 

En esta perspectiva, algo importante pasa desapercibido. Nuestra jornada final para ir al encuentro de Dios nos ofrece la oportunidad de acercarnos más que nunca a nuestro Señor Jesucristo, de unirnos a Su sufrimiento y de sentir el poder de Su amor por nosotros tal vez de la manera más profunda. Independientemente de cómo Dios elija que muramos, Él nos está preparando para entrar a Su Reino. Si le quitamos esa decisión poniendo fin a nuestra vida, estamos negando el significado de nuestra muerte. 

Los invito a que aprovechen este momento para aprender más sobre lo que dice nuestra Iglesia sobre cuestiones del fin de la vida. Hablen de esto en su familia, hablen de esto en su parroquia, hablen de esto en su grupo de oración o ministerio, y por favor respondan al llamado católico a la responsabilidad cívica expresando sus inquietudes a sus representantes estatales sobre esta propuesta de ley que no reconoce el carácter sagrado de la vida, que nuestro Dios nos da aquí en la tierra y finalmente en el cielo. 

Que Dios les bendiga a ustedes y a sus familias y que sientan en su corazón la alegría de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo en este inicio del Tiempo de Pascua.

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