“Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.” Este pasaje del Evangelio de Juan 3:16 es uno de los versos más reconocidos para muchas personas, y al celebrar la gloriosa Resurrección de nuestro Señor Jesucristo en la Pascua, quisiera invitarlos a pensar sobre el don de la vida eterna que se nos ofrece en la Resurrección de Jesús, y la oportunidad de apreciar la vida diaria.


Queridos amigos, los invito a que examinen el principio de este pasaje, “porque tanto amó Dios al mundo…” Es significativo que la palabra que se utiliza es “mundo,” en vez de “raza humana” o “seres humanos.” Podemos entender este como un recuerdo de que Dios creó todo lo que existe dentro de nuestra realidad- los cielos, las montañas, los océanos, los desiertos, las plantas, los peces, los animales, y por supuesto, nosotros, que creó a su imagen y semejanza. El respiro de vida nueva y el renacimiento que nos ofrece la Pascua es algo que compartimos con toda la creación de Dios. Esto se ve en las imágenes que utilizamos durante la Pascua, las flores bellas y vibrantes que representan el mundo de las plantas, el “conejo” que representa el reino animal, y los huevos que representan el comienzo de la vida para muchas especies.


Mientras celebramos la Pascua, sentimos gozo y esperanza, y nos preguntamos como podemos honrar el don de la vida que hemos recibido en la Resurrección. Una manera puede ser reconocer nuestro lugar en la ecología integral que nuestro Señor ha creado con amor. Realmente estamos interconectados y, de hecho, somos interdependientes con todas las formas de vida. En su encíclica Laudato Si, el Papa Francisco ofrece esta visión de la eternidad. “La vida eterna será un asombro compartido, donde cada criatura, luminosamente transformada, ocupará su lugar y tendrá algo para aportar a los pobres definitivamente liberados.” (LS 243)


Nuestro Señor Jesús celebró y bendijo las riquezas de la creación de Su Padre, diciéndole a sus discípulos, por ejemplo, “Miren las aves del cielo; que no siembran ni siegan ni recogen en graneros, y sin embargo el Padre celestial las alimenta.” (Mt. 6:26), y “…Levanten la vista y miren los campos: ya están amarillentos para la siega (Juan 4:35). Jesús entiende la relación profunda entre toda la vida. ¿Compartimos también nosotros esta comprensión y conciencia? Sí, Dios nos da una responsabilidad especial de “cultivar y cuidar” su Jardín, de llevar toda la Creación a la alabanza debida, glorificándolo a Él. ¿Estamos conscientes de que nuestras acciones y comportamientos impactan toda la red de la vida? El Papa Francisco nos despierta a esta realidad en Laudato Si y nuevamente en su exhortación apostólica Laudate Deum publicada el año pasado.


“Necesitamos captar la variedad de las cosas en sus múltiples relaciones,” escribe el Papa Francisco. “En este camino de sabiduría, no es irrelevante para nosotros que desaparezcan tantas especies, que la crisis climática ponga en riesgo a la vida de tantos seres.”


Queridos hermanos y hermanas, la Pascua es un tiempo para celebrar la Victoria de Jesús sobre el pecado y la muerte y lo que esto significa para nuestra salvación. Recordemos que este don de la vida eterna abarca a toda la vida. Nuestro gozo se apaga cuando no vemos la plenitud del esplendor de lo que Dios ha hecho, y no actuamos humildemente para cultivarlo y cuidarlo. Por lo tanto, los invito en esta temporada de renacimiento y crecimiento a considerar como pueden vivir este llamado en sus hábitos de consumo, uso de energía, y otras maneras que impactan el planeta, y especialmente a nuestros hermanos y hermanas que viven en pobreza.


Les deseo que continúen caminando en la luz de nuestro Señor Resucitado en este bello tiempo de renovación, apreciando sus vidas y todo lo que apoya la vida. ¡Felices Pascuas!