noriega_crs La coordinadora del Ministerio Diocesano de Jóvenes Adultos, Brenda Noriega, comparte su diario de viaje y una reflexión sobre su viaje de siete días a Liberia como parte de la Delegación de Inmersión Multicultural de Catholic Relief Services.

 “Que Iglesia tan tergiversada tenemos.”
 Estas fueron las primeras palabras, acompañadas por lágrimas, que salieron de mi boca durante la reflexión de la tarde después de mi primer día en Liberia.


 Había llegado directamente de Roma, donde había tenido el honor de representar nuestra Diócesis y los E.E.U.U. en un foro internacional para jóvenes. Ahí, me habían maravillado las grandes y bellas iglesias que son los tesoros de nuestra iglesia y las reliquias de nuestros grandes Santos.
Ahora, 24 horas después, estaba en el oeste de África, presenciando la pobreza y la falta de recursos “básicos” y de infraestructura a un nivel que nunca había visto. Estaba tan enojada con Dios y en mi oración lo único que podía preguntarle era, ¿por qué? ¿Por qué Él permitiría tanto dolor a su pueblo? ¿Cómo es posible tener edificios maravillosos pero una Iglesia herida?
 Y no, una Maestría en Ministerios Pastorales no ayuda cuando uno se enfrenta con estas realidades. La mente y el corazón no siempre se llevan. Al final de mi primer día en Liberia, lo único que quería hacer era volcar mesas y llorar a solas en mi habitación gritándole a Dios sobre una realidad que Él ya conoce.
 Me desperté con miedo de salir de mi hotel. No sabía si iba a poder contener mis sentimientos y evadir un colapso emocional en público. Me convencí que mi fe era lo suficiente fuerte para confiar en Dios. Lo que no sabía era que en ruta a visitar la Clínica Católica Estrella del Mar, que se encontraba en West Point, uno de los barrios más pobres en Monrovia, mi corazón sería quebrado en pedacitos cuando viera los niños buscando comida en la basura y miles de personas caminando en un barrio sin baños (solamente los baños comunitarios por los cuales se cobra).
 El segundo impacto fue cuando caminé por los pasillos de la clínica con instalaciones que carecían de las herramientas quirúrgicas y medicinas para tratar madres embarazadas, adolescentes con VIH, malaria, y otras enfermedades. Lo primero que cruzó mi mente fue ‘¿cómo puedo ayudar?’ ‘¿cuánto dinero tenemos que recaudar?’ ‘¿cuantas ventas necesitamos organizar?’ ‘Necesitamos ARREGLAR esto.’ Dios no demoró mucho en darme mi primera lección cuando el director de la clínica dijo al final de nuestro recorrido, “Gracias por venir. Es verdad que necesitamos ayuda financiera, pero es el apoyo moral que nos ayuda a seguir adelante.”
 Que insensato es al estilo americano siempre querer “arreglar las cosas”. Queremos que los demás sean felices de acuerdo con nuestras normas y bajo las condiciones que nosotros conocemos como “confort y felicidad.” Las palabras del director de la clínica me pegaron como un rayo en el medio de una tormenta, ayudándome a ver el faro. Dios me estaba pidiendo que simplemente estuviera presente y que no reaccionara con respuestas pre-envasadas y programadas en mi mente. Eso fue cuando empecé a prestar atención a las sonrisas.
 Dondequiera que íbamos, nos encontrabamos con personas, especialmente niños, listos para ofrecernos lo poco que tenían y lo mucho que necesitábamos. Las personas nos recibieron con sonrisas e historias de fortaleza y esperanza. Nos contaban sus luchas, pero ellos no se enfocaban en ellas. Al contrario, nos contaron como Catholic Relief Services (CRS por sus siglas en inglés), además de otras organizaciones católicas, los ayudaron a reconstruir sus casas después del incendio, construir cuartos en el hospital, comprar herramientas médicas, financiar programas empresariales, y más que nada “creyeron en ellos, cuando nadie más lo hizo.” Todos los días en cada lugar que visitábamos, encontrábamos personas que agradecen cada comida que comen y cada persona con que se encuentran, no dan nada por hecho.
 Uno de los lugares que me llenó de esperanza fue el Centro Católico VIH. El centro sirve docenas de hermanos y hermanas con diagnosis positiva de VIH. En el centro reciben consejería, comida y educación además de fondos para abrir un pequeño negocio. Los participantes son organizados en equipos de seis y todos contribuyen en el éxito del negocio de una persona. Este es el espíritu de verdadera colaboración. Nos contaron cómo sus familias los habían rechazado cuando les dijeron que tenían una diagnosis positiva de VIH. Algunos mencionaron que no tienen hogar y es una lucha asistir a las reuniones en el centro porque no tienen transportación o recursos financieros.
 Sarah, la directora y trabajadora social del centro, mencionó que diferentes organizaciones han intentado abrir centros de apoyo, pero siempre se acaban. Sin embargo el Centro Católico ha permanecido abierto por 15 años. Sarah dice que esta longevidad se debe al enfoque en el fortalecimiento de la persona y su aceptación y el reconocimiento de su dignidad humana como hijo de Dios. No solamente dan dinero porque cuando los subsidios se acaban, las personas se van. Sin embargo, cuando encuentran una comunidad, las personas siguen viniendo para el apoyo que encuentran el uno con el otro. Que grande lección es esta cuando pensamos en nuestros programas y quienes somos como Católicos. En Liberia, aprendimos amar y dar de nosotros mismos y no de lo que tenemos. Nuestros hermanos y hermanas estaban tan felices de ver que no teníamos miedo abrazarlos y compartir una comida con ellos. Había una linda mujer, Florence, que me tomó la mano y me estaba presumiendo a todos diciéndoles con orgullo “Miren, esta es mi nueva amiga Brenda.” Ella estaba feliz solamente porque estaba yo ahí tomándole la mano. Ella sabía que yo no tenía nada que ofrecerle más que mi sonrisa. Una vez más, Dios me estaba pidiendo que estuviera presente, plenamente viva y presente porque es así que Dios se da a nosotros.
 Es cierto que Liberia es un país que ha pasado por eventos traumáticos. Los liberianos estuvieron en una guerra civil por 20 años y sólo 11 años después fueron afectados por un virus mortal, Ébola. En los últimos 35 años, han perdido cienes de miles de sus personas queridas. Siguen recuperándose de eventos trágicos, pero los efectos de la guerra y del Ébola son prevalecientes. “Las propiedades se pueden reconstruir (después de la guerra) pero toma generaciones, para reconstruir la humanidad,” dijo el Reverendísimo Anthony Fallah Borwah, presidente de la Conferencia Episcopal de Liberia, nuestro primer día en Liberia.
 El desempleo es elevado y esa es la razón que los jóvenes no quieren estudiar y prefieren optar por crímenes y drogas. La falta de educación entre los jóvenes es una crisis dado a que 75% de la población entera está bajo la edad de 35.
 “Estamos profundamente heridos… y esto está afectando a nuestros jóvenes,” el Obispo Borwah nos dijo. Cuando oí esto, pensé en cómo estamos protegidos y somos privilegiados nosotros, jóvenes, en los Estados Unidos. Tenemos recursos y oportunidades y sin embargo, no siempre tomamos ventaja de ellos. ¿Qué harían los jóvenes en Liberia con lo que nosotros, muchas veces, no apreciamos?
 Muchas veces, he oído a los jóvenes decir que nuestra fe, la fe Católica, es una fe de palabras y no de acciones. Esto no es lo que vi en Liberia. Todos los días me desperté más orgullosa de ser Católica y tener la oportunidad de vestirme con la camiseta de CRS como parte de la Delegación de Inmersión Multicultural. Sí, nuestra Iglesia a veces puede aparecer una contradicción cuando vemos grandes edificios y tesoros y al mismo tiempo hablamos de ayudar a los pobres y hambrientos del mundo. Paramos a tomar fotos de las catedrales y piezas de arte, pero no nos paramos a mirarles a los ojos a todos con los que nos encontramos, especialmente los más vulnerables.
 Puede ser que nos enojemos con Dios y lo cuestionemos por las batallas que enfrentamos o atestiguamos. Pero una cosa que aprendí es que Dios camina con Su pueblo y es a través de Su gracia que las personas heridas se reúnen, reciben esperanza, y miran hacia el cielo agarrados de Sus promesas. Es a través de la gracia de Dios que las personas reciben gozo en medio de sus dificultades. Nosotros podemos arroparlos, pero sólo Dios puede tocar sus almas.
 La Iglesia no es tergiversada, las enseñanzas están claras, nuestras acciones como cristianos pueden ser tergiversadas e incoherentes. Depende de nosotros los fieles construir la Iglesia y actuar, para traer esperanza. No se trata de el ‘qué’ sino del ‘quién.’
 El Obispo Borwah dijo que, durante la guerra civil de Liberia, “CRS ayudó a restaurar la esperanza. Cuando las personas cuestionaban su fe y la existencia de Dios, CRS estaba ahí.” Nunca me he sentido más orgullosa de ser Católica, pero también nunca he estado tan retada de vivir mis valores Cristianos empezando con estar presente y dar de mi misma. Una canción popular va así, “Encontré el amor en un lugar desesperanzado” pero yo diría que encontré el amor en un lugar herido. Ningún lugar está sin esperanza cuando nosotros los cristianos traemos a Dios y actuamos de acuerdo con el Evangelio. Liberia ciertamente es un lugar herido, pero no sin esperanza. Nosotros tenemos bienes, pero ellos tienen esperanza. Nosotros tenemos comida, pero ellos tienen gozo. Nosotros tenemos trabajos, pero ellos tienen comunidad. Ellos saben pertenecer el uno al otro.