Maria CovarrubiasCuando mis hijos eran pequeños les encantaba que les contara historias, al mirar sus ojitos fijos en mí, sabía que estaban conectados con lo que les narraba.  

La Sagrada Escritura contiene interesantes historias que nos dejan ver quiénes somos en la historia de Dios.  

Cuando no hacemos una pausa para conectar nuestra historia con la de Dios, el acelerado ritmo del mundo se convierte en nuestra realidad.  

Prestar atención a la historia de Dios, nos ayuda a definir y entender nuestra vida.  

Dios escogió revelar su vida a nosotros en la Persona de Jesucristo, con Él y en Él nuestra vida tiene un contexto, por eso, cuando decidimos desconectarnos de este contexto nos desconectamos de nuestra fuente.  

Necesitamos contarnos la historia de Dios a nosotros mismos y a quienes nos rodean, porque si no lo hacemos dejamos de recordar que somos hijos e hijas amados de Dios, hechos a su imagen y semejanza (Gen 1,27).  

Usualmente decimos que ir a misa o leer la Biblia es un momento para estar en conexión con Dios, y eso es verdad; sin embargo, esa clase de pensamientos nos hace creer que cuando salimos de misa o cerramos la Biblia terminamos el tiempo de conexión con Dios, y por tanto, dejamos de escucharlo. Pero la realidad es que toda nuestra vida tendría que ser un momento de comunión con Dios, porque Él no deja de hablarnos aunque nosotros dejemos de escucharlo, sino que, continúa hablándonos constantemente (Joel 2,12).  

Cuando nos sentimos perdidos, confundidos o solos, es porque nos hemos desconectado de Dios, olvidándonos de quienes somos y dejándonos absorber por las preocupaciones del mundo presente; decidimos ser nosotros mismos, nuestro mejor recurso, y acudimos a las cosas materiales o humanas para buscar la felicidad.  

Muchos cristianos acuden a Dios sólo cuando han agotado todos sus recursos, convirtiéndolo no sólo en uno de los recursos, sino, en el último. Acudimos a Él para pedir lo que necesitamos, y como nos urge, nos parece que a Dios no le importan nuestras necesidades.  

Cuando aprendemos a considerar a Dios como el único y verdadero recurso de nuestra existencia, comenzamos a relacionarnos con El en todos los aspectos de nuestra vida, y no únicamente cuando tenemos una emergencia que nosotros no podemos arreglar.  

Cuando recordamos que somos parte de la gran historia del único Dios que permanece para siempre (Is 40), aprendemos a sacrificarnos con gozo, hacemos las cosas con pasión y misericordia porque escuchamos su voz que dirige cada uno de nuestros pasos (Mt 28,20).  ¿Qué hacer para no dejarnos atrapar por las ocupaciones de la vida diaria, y poner atención a la voz de Dios?  

Jesús nos enseña que: “no andemos preocupados por la vida… Fíjense en las aves del cielo…” (Mt 6: 25-34).  

La palabra “fíjense” es un llamado a detenernos, poner atención, observar, hacer una pausa en medio del ajetreo de la vida cotidiana. Es como cuando por primera vez enseñamos a un niño o niña a cruzar la calle. Le decimos: “detente completamente y observa a tu alrededor”.  

Pero si en la prisa de la vida no somos capaces de hacer una pausa, detenernos para-ir a misa, dedicar tiempo a la oración, estudiar la Palabra de Dios, visitar al Santísimo, buscar crecimiento espiritual, y servir a Dios en los más pobres—cuando menos pensemos, todo lo que no podemos dejar y que viene detrás de nosotros, nos atropellará.  

Jesús nos llama a detenernos, a ver las cosas ordinarias que hay alrededor nuestro, nos invita a observar detenidamente para ver aquello que se ha vuelto común y ordinario en nuestra vida, ahí donde no alcanzamos a ver la presencia de Dios.

 ¿Cuáles son esas cosas que se han vuelto rutinarias en su vida y en la mía, y que Dios desea que veamos con atención?  

Quizás sea un mal sentimiento o pensamiento, necesitamos poner atención a eso. Muchas veces lo ordinario son aquellos rencores o problemas del pasado que no hemos podido perdonar.  

Jesús desea movernos de nuestra poca fe a una fe más grande: “No anden preocupados…fíjense en las aves y las flores”, nos recuerda, porque desea que vivamos una vida de libertad, armonía, y felicidad.  

Liberación es toda la obra de la historia de Dios.

 ¿Qué cosas descartas de tu vida que Dios quiere que estés atento? 

Cuando escribimos, observemos como después de cada palabra damos un espacio para escribir la siguiente, lo hacemos porque con cada espacio hacemos una pausa que nos ayuda a entender la frase que escribimos o leemos. Así como la lectura se complicaría sin los espacios, la vida también se hace más pesada si no hacemos pausas para escuchar a Dios.

Rezar el Santo Rosario es una de las mejores prácticas para hacer una pausa y escuchar la voz de Dios, la Iglesia dedica Mayo y Octubre como tiempo especial para honrar a través de esta devoción a la Madre de Dios y madre nuestra.  

Aprovechemos este mes de Octubre para meditar en los santos misterios de la historia de Jesús, al hacerlo estaremos permitiendo que Jesús ponga todas las piezas juntas de nuestra propia historia de vida.  

Esta práctica nos ayudará a reconocer que nuestro destino no es un lugar, sino, una Persona, la Persona de Jesús de Nazaret. Él desea tener un encuentro personal contigo.  

Para lograr paz y armonía en nuestra vida personal y familiar, la clave no es tener una vida fácil, sino, mantener una buena relación con Dios.  

Viviremos felices si nuestros ojos permanecen fijos en Jesús, si recordamos que nuestra historia está escrita en la palma de las manos de Dios (Is 49, 16) y que nuestra historia personal es parte de la gran historia del Hijo de Dios, que vive y reina en comunión con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre. Amen.

 Laura Lopez, Directora del Departamento de Planificación Pastoral y Transiciones de la Diócesis de San Bernardino.

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