Cuando el obispo Gerald Barnes regresó a California desde Texas en 1992, la atmósfera política estaba llena de una retórica que dos años después llevaría a la aprobación de la Prop. 187, frente a esto el Obispo sintió la necesidad de hablar del Evangelio.  

Tan solo unas semanas después de su ordenación episcopal, una persecución a alta velocidad de la Patrulla Fronteriza resultó en cinco muertes cerca de Temecula Valley High School. Una camioneta suburban robada, con 13 pasajeros inmigrantes, tratando desesperadamente de evitar el arresto, se pasó una luz roja en el cruce de la escuela, chocó con un Acura matando a cinco personas: a los tres ocupantes del coche y a dos estudiantes que estaban en la acera.  

Un par de días después, el Obispo Barnes celebró el Sacramento de la Confirmación para los estudiantes de Temecula y las comunidades circundantes. Yo estaba allí porque vivíamos en Hemet y mi hija estaba siendo confirmada. Esa fue mi introducción al estilo bilingüe de predicar del obispo Barnes, expresando su profunda preocupación por el sufrimiento de la comunidad en ese momento. A pesar de mi pobre español, entendía lo suficiente como para saber que estaba diciendo algo diferente en español.  

Basó gran parte de su homilía en la tragedia, ofreciendo sus más sentidas condolencias en inglés a aquellos que habían perdido amigos o familiares en el accidente. Y en español, habló de los temores de la comunidad inmigrante, explicó la historia de la inmigración y ofreció un mensaje de esperanza.  

Fue un privilegio durante los siguientes 20 años trabajar con el Obispo Barnes y aprender algo de su vida, su visión y su fe. Para él, la participación en la actividad cívica debe ser impulsada por la fe, no por intereses políticos.  

El compromiso del obispo Barnes con la inclusión y la justicia ha sido evidente desde el comienzo de su ministerio episcopal. Trabajó para que cada evento y cada programa fuera accesible a los monolingües de habla inglesa y española. Creía que la Iglesia tiene que ser Iglesia para todos, punto.  

Poco después de convertirse en Ordinario, el obispo Barnes comprometió a la Iglesia en un proceso de escucha y establecimiento de prioridades que dio lugar a la conocida Visión Diocesana. Fue una bendición poder participar en ese proceso junto con representantes de cada comunidad parroquial y étnica. Nos sentamos en mesas basadas en nuestra región, no nuestra lengua u origen étnico. De alguna manera nos la arreglamos para comunicarnos. Recuerdo claramente que me senté con Martha de Hemet y Marta de Perris, ninguna de las cuales podía hablar la lengua de la otra. Mientras Marta contaba su historia, las lágrimas corrían por el rostro de Martha. No toda la comunicación se basa en comprender las palabras. Pudimos encontrarnos y entrar en el dolor y las esperanzas del otro.  

El compromiso del obispo Barnes no se ha limitado a asegurar que el ministerio llegue a cada minoría étnica. La unidad en la diversidad requiere que todos tengan un lugar en la mesa, que las diferentes comunidades se conviertan en una comunidad en el trabajo hacia el bien común. No es suficiente proporcionar servicios pastorales en 17 idiomas diferentes. Debemos esforzarnos por crear comunidades donde todos trabajen juntos.  

En 2003, el obispo Barnes fue elegido presidente del Comité de Migración de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos (USCCB). Quienquiera que esté en esa posición desarrolla contactos legislativos para lograr justicia para los inmigrantes y, a menudo, emite declaraciones relacionadas con la enseñanza de la Iglesia en asuntos de política pública. Así que el obispo Barnes estuvo en las salas de gobierno hablando con legisladores e instándolos a reformar el sistema de una manera que reflejara nuestra herencia como nación de inmigrantes.  

Por desgracia esto hizo aflorar lo peor en algunas personas, que se hicieron el propósito de hacerle saber lo equivocado que estaba. Era el mismo grito de siempre, “pero ellos violaron la ley”. Recibió miles de cartas y faxes agresivos, denunciándolo a él y denunciando los esfuerzos de la Iglesia de trabajar por la justicia. Esto fue especialmente doloroso para el obispo Barnes porque él realmente quería respetar a los que estaban en desacuerdo y, sin embargo, permanecer fiel al Evangelio.  

En 2005, las cuestiones relacionadas con la inmigración no habían desaparecido. En el mes de diciembre, la Cámara de Representantes aprobó el “Proyecto de Ley de Protección Fronteriza, Antiterrorismo y Control de Inmigración Ilegal”. El mes de marzo siguiente, el Cardenal Roger Mahony recibió mucha presión por pedir a sus sacerdotes que se resistieran a entregar a personas sospechosas de ser indocumentadas si la propuesta se volvía ley. En ese mismo tiempo, el obispo Barnes convocó a todos los ministros ordenados y laicos en la Diócesis para una sesión de reflexión sobre la teología y las implicaciones prácticas del proyecto de ley. Cerró su charla diciendo “Si la gente les pregunta de qué se trató esta reunión, díganles que hablamos del Evangelio”.  

En julio de 2014 el Obispo Barnes y otros miembros de la comunidad católica dieron respuesta a una crisis nacional de refugiados que involucraba a inmigrantes centroamericanos huyendo de la violencia y la miseria en su tierra natal. Llegaron a la frontera de Texas y finalmente a California y a nuestra propia diócesis en Murrieta. A pesar de la fea retórica y el comportamiento de las voces anti-inmigrantes, el Obispo Barnes puso su fe en acción ofreciendo refugio temporal a un grupo de migrantes de Centroamérica en la Parroquia de San José en Fontana. Al hacerlo, nos recordó que la asistencia es humanitaria, no política. Y que se requería una solución política - una reforma migratoria integral- para resolver definitivamente la crisis.  

Los asuntos de inmigración todavía no han desaparecido, y gracias a Dios, el Obispo Barnes no ha dejado de hablar del Evangelio.

Jeanette Arnquist fue la Directora del Departamento de Vida, Dignidad y Justicia para la Diócesis y actualmente esta retirada en Tucson, Arizona.

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